Por un instante, ninguno de los dos dijo nada. El aire parecía demasiado denso, lleno de palabras que había que decir y de temores que aún se les atascaban en la garganta.
—Quería hablar contigo… —comenzó Natália, en voz baja—. Sobre lo de anoche.
Fernando no mostró ninguna reacción. Su mirada no era de enfado, sino más bien de cansancio.
—Sí, yo también creo que tenemos que aclarar las cosas.
Ella se acercó unos pasos.
—Creo que me has malinterpretado… —dijo, vacilante—. Yo… no te tenía miedo.