— ¿Por qué no? Somos prometidos. Pronto serás mi esposa. No hay nada de malo en que quiera... estar cerca.
Ella apartó la mirada, sintiendo que el corazón se le aceleraba.
— No es tan sencillo.
Fernando extendió la mano y le rozó ligeramente el brazo, deslizando los dedos hasta alcanzar su mano. El gesto fue firme, pero sin violencia.
— ¿Estás huyendo de mí, Natália? ¿O estás huyendo de ti misma?
Natalia retiró la mano suavemente, tratando de recuperar el aliento.
— No huyo... solo no quiero