A la mañana siguiente, justo después del desayuno, Fernando llamó a Natália para que lo acompañara a los establos. A ella le extrañó la invitación, sobre todo porque, desde el paseo a caballo con Carlos, no había vuelto a montar.
Al acercarse, Natália sintió el característico olor a heno y cuero. Los caballos relinchaban suavemente, inquietos por el movimiento. Fernando caminaba delante, con ese aire de quien prepara una sorpresa.
Se detuvieron ante uno de los boxes más espaciosos. Cuando se ab