—En ese caso, podemos ir a una de mis casas. ¿Qué tal a Angra dos Reis? —La voz de Fernando sonaba seductora en su oído, llena de tranquilidad—. Allí solo tendremos el cielo estrellado y el sonido de las olas. Podremos pasear en yate sin que nadie nos moleste.
—Qué propuesta tan tentadora... —el tono de Natália rezumaba ironía—. Apuesto a que muchas de las mujeres que conoces darían todo por estar en mi lugar. Pero yo no soy una de ellas. Tu casa, tu yate, tu dinero... nada de eso me interesa.