El silencio que siguió a las palabras de Natália pareció comprimir el aire dentro de la cabaña. El ambiente, ya pesado, se volvió sofocante, como si hasta las paredes respiran con dificultad.
Fernando la miraba como si acabara de escuchar la mayor afrenta de su vida. La sonrisa cínica que antes jugaba en sus labios desapareció lentamente, dando paso a una expresión fría, casi animal.
—Atrevida... muy atrevida —dijo, con una voz grave que sonaba como un trueno a punto de estallar.
Natália tragó