— Despierta, tenemos que irnos.
La voz de Fernando era baja, casi suave. Natália, aún somnolienta por la mala noche, abrió los ojos y se dio cuenta de que él la observaba. A la clara luz de la mañana, su rostro parecía más sereno, menos amenazador que el del hombre frío y cruel de la noche anterior, y ella lo miró confundida.
— No me mires así o me veré obligado a volver a la cama.
Natália dio un salto, alejando de sí cualquier rastro de intimidad.
— Voy a guardar las cosas en el coche. No tard