Fernando no recordaba cuándo había sido la última vez que había estado allí.
La pequeña capilla, silenciosa y austera, parecía aún más pequeña ante el peso que llevaba en el pecho. Sentado en el banco de madera, con las manos entrelazadas, miraba fijamente al altar. La tímida llama de una vela titilaba, proyectando sombras irregulares en las paredes.
Tampoco recordaba su última oración. Quizás cuando era niño, tenía un vago recuerdo de su madre, que le enseñó a rezar antes de dormir. Después de