Bárbara clavó los ojos en Samantha como si pudiera descomponerla con solo mirarla.
Luciana, que vivía para alimentar inseguridades ajenas, continuó:
—Y ahora va por Martín, mirá cómo lo tiene. Ni pestañea. Está embobado. Si fuera vos, querida, ni me gastaría en competir… esa mina juega en otra liga. La verdad, es que el tiempo me termina dando la razón. Es una zorra manipuladora.
Las palabras le dolieron más de lo que quería admitir. La envidia le ardía en la garganta. Porque no podía aceptar