Bárbara clavó los ojos en Samantha como si pudiera descomponerla con solo mirarla.
Luciana, que vivía para alimentar inseguridades ajenas, continuó:
—Y ahora va por Martín, mirá cómo lo tiene. Ni pestañea. Está embobado. Si fuera vos, querida, ni me gastaría en competir… esa mina juega en otra liga. La verdad, es que el tiempo me termina dando la razón. Es una zorra manipuladora.
Las palabras le dolieron más de lo que quería admitir. La envidia le ardía en la garganta. Porque no podía aceptar que Samantha no solo tuviera amarrado a Javier sino también a los hombres del lugar.
Antes, era ella quien despertaba las miradas y la otra siempre quedaba relegada. Ahora, era su prima quien tenía toda la atención. Eso hacía que la odiara mucho más aun.
Y, sin embargo, no podía dejar de mirar.
Martín y Samantha estaban frente a frente, sin tocarse, casi sin moverse, pero bastaba con verlos para entender que algo gravitaba entre ellos. Algo intenso, inevitable, incómodo para medio salón.
Javie