Samantha respiró hondo, tragándose la congoja como si pudiera empujarla de vuelta al pecho.
Damián no aguantó un segundo más; se acercó y le tomó las manos.
—Nena, decime ya, me estás matando con este suspenso. ¿Fue tan grave lo que pasó ahí afuera?
Ella desvió la mirada, como si todavía le ardieran las palabras que había dicho.
—¿Dónde están los chicos?
—Con Ana. Esperando para cenar con vos —respondió él, más serio ahora.
Samantha asintió, se masajeó la sien con los dedos y dejó escapar un soplo largo.
—Vamos a comer. Después les cuento bien.
Tomó la mano de Alex. Él no dijo nada, pero su mandíbula estaba tensa. Ella le dio un beso leve, casi simbólico.
—Tenías razón —murmuró, apenas audible—. Decir la verdad, aunque duela, te deja respirar. Hoy me siento así... aunque no tenga idea de lo que va a pasar después.
Damián se puso a su lado y la codeó.
—¿Te peleaste con Martín? —preguntó apenado.
Ella se encogió de hombros e hizo una mueca.
—En realidad, no lo sé. Cuando les cuente, ust