Luciana palideció, notoriamente afectada por la situación. Sus labios temblaron, vacilando entre el dolor y la rabia, antes de forzar una mueca amarga para no mostrar fragilidad ante Samantha. Incapaz de contener la tensión, escupió sus palabras con desprecio:
—Sos una hipócrita —acusó, dejando escapar la amargura acumulada y su irracional odio—. Siempre jugando a la víctima, cuando en realidad disfrutás humillándonos. ¡No te importa nada ni nadie! Ni siquiera te importaron el abuelo o mi mamá