Luciana palideció, notoriamente afectada por la situación. Sus labios temblaron, vacilando entre el dolor y la rabia, antes de forzar una mueca amarga para no mostrar fragilidad ante Samantha. Incapaz de contener la tensión, escupió sus palabras con desprecio:
—Sos una hipócrita —acusó, dejando escapar la amargura acumulada y su irracional odio—. Siempre jugando a la víctima, cuando en realidad disfrutás humillándonos. ¡No te importa nada ni nadie! Ni siquiera te importaron el abuelo o mi mamá que, por alguna razón, te sigue queriendo. No, la señora agarró sus cosas, se mandó a mudar y listo. Siempre buscando llamar la atención.
La voz de Luciana temblaba, pero no por debilidad, sino por la mezcla de resentimiento y desprecio que la dominaba. No importaba lo que hiciera Samantha, ella la consideraba responsable de sus desgracias.
Al escuchar sobre la madre de Luciana, Samantha frunció los labios. El recuerdo de Tía Elena parecía pesarle más de lo que quería admitir, y por un instant