Después de leer la carta de Sebastián, Samantha permaneció en silencio unos minutos, intentando procesar cada palabra.
—Tengo que calmarme y pensar con claridad —susurró, más para sí que para nadie—. No puedo seguir actuando por impulso.
Inspiró hondo, con los ojos cerrados, como si buscara anclarse al suelo.
—Huir ya no es una opción.
La joven se levantó despacio del sillón y caminó hacia la ventana. La ciudad seguía ahí afuera, indiferente a su dolor. Las luces del atardecer teñían de naranja