Como desde hacía muchos años, Javier no había tenido una buena noche. Las pesadillas lo acechaban con una puntualidad enfermiza. Siempre la misma: él corriendo desesperado, intentando alcanzar una figura femenina que se desdibujaba entre tenebrosas sombras, alejándose de él con cada paso que daba.
Y esa figura tenía nombre y apellido.
—¡Luna! —gritó, incorporándose bruscamente en la cama, con el pecho agitado y la frente húmeda de sudor.
Luna, era un apodo que el abuelo de Samantha le había pue