Damián de Loredo apenas podía creer lo que su amiga le contaba. La conocía como a nadie y aun así le costaba entender cómo había llegado tan lejos, arrastrando tanto dolor y soledad.
—Después de esa noche llamé de inmediato a mi abuelo y le conté todo —dijo Samantha, tragando saliva—. Sus ojos brillaban con angustia al recordar aquel momento.
—Él llamó de inmediato a su abogado y le ordenó que tramitara todo sin demora —añadió, esbozando una sonrisa amarga—. Vos sabes cómo era mi abuelo cuando