Gustavo se acercó aún más a Luciana, con el rostro lleno de incredulidad. No podía creer lo que acababa de escuchar y, abrumado por la confusión, su voz salió firme y directa:
—¿De qué mierda estás hablando, Luciana? —preguntó, con un tono claramente inquisitivo y desafiante.
Luciana, lejos de mostrar sorpresa o incomodidad, respondió con una sonrisa que mezclaba desdén e indiferencia. Su expresión era imperturbable, como si las palabras de Gustavo apenas le rozaran, manteniendo una actitud frí