Gustavo se acercó aún más a Luciana, con el rostro lleno de incredulidad. No podía creer lo que acababa de escuchar y, abrumado por la confusión, su voz salió firme y directa:
—¿De qué mierda estás hablando, Luciana? —preguntó, con un tono claramente inquisitivo y desafiante.
Luciana, lejos de mostrar sorpresa o incomodidad, respondió con una sonrisa que mezclaba desdén e indiferencia. Su expresión era imperturbable, como si las palabras de Gustavo apenas le rozaran, manteniendo una actitud fría y distante ante el creciente conflicto.
—Vamos papá..., ¿me vas a decir que vos te tragaste ese cuento de la muerte natural de tu padre? —entornó los ojos—. Ese viejo decrepito, tenía que morir, claro. Y yo lo ayudé. Es increíble lo que una simple almohada puede hacer cuando el otro no puede moverse...
El otro hombre se interpuso y ya no la dejó hablar.
—Es mejor que haga silencio señorita —le dijo tomándole con suavidad el brazo—, no siga sin un abogado presente.
Gustavo apenas podía contener