Luciana estaba encerrada en su habitación, fumando. Después de lo que había hecho se sentía un poco paranoica. Temía que, en cualquier momento, la policía viniera por ella.
Pero después repasaba una y otra vez todo, y creía que, salvo la enfermera nadie más la había visto.
—No. No creo que esa mujer haya podido verme tan bien como para describirme —murmuró, mientras encendía otro cigarrillo—. Tengo que calmarme o me van a descubrir.
Aún seguía balbuceando para sí misma, cuando su padre entró a la habitación sin golpear. Ella apenas lo vio, corrió hacia él y lo abrazó.
—Papi..., ¡papi viniste! —exclamó, con una alegría casi infantil.
Gustavo se quedó inmóvil, sin mostrar emoción alguna. Pero como el tiempo apremiaba, sabía que no podía quedarse anclado en sentimentalismos.
—Claro que vine —dijo, con esa voz conciliadora tan característica en él—. Esta es mi casa y además te dije que necesito hablar con vos. Dale, acompañame a la sala y mientras nos tomamos un café, hablamos.
La joven l