Samantha y Martín se apresuraron a ir al hospital, lugar donde se encontraba internada Elena. Durante el trayecto, el silencio pesaba entre ellos, mientras la joven se secaba las lágrimas que corrían por su mejilla.
Martín, con dulzura, intentó consolarla: —Ella va a estar bien, mi amor... No te preocupes. Sin embargo, Samantha negó con la cabeza y suspiró profundamente.
—Es que..., estoy cansada de malas noticias —se quejó con congoja—. Primero Javier y ahora, mi tía Elena —añadió, mirándolo con los ojos enrojecidos—. Sabés muy bien que ella está muy mal... que su enfermedad no le está dando tregua a su débil cuerpo. Realmente, dudo que esta vez pueda salir del hospital.
El abogado, intentando restarle dramatismo a la situación, hizo una mueca y se encogió de hombros.
—Bueno, pero si tu tío no quiso avisarte nada por algo será ¿No? Tal vez solo es una simple recaída.
Samantha, por su parte, bajó la mirada, sumida en la incertidumbre.
—No lo sé. No entiendo la actitud de mi tío. Adel