Danika lo miró con los ojos encendidos de ira y dolor. El pecho le ardía, pero su voz salió firme, como un latigazo en medio de la noche:
—¡Nunca lograrás tu objetivo, Credence! Si no me das a mi hijo… lo recuperaré por mi cuenta.
Se dio media vuelta, negándose a derramar una lágrima frente a él. A sus espaldas, el aire se llenó de una risa que heló la sangre en sus venas.
—Está bien, Danika… vete —dijo Credence, su voz impregnada de burla mientras sus ojos afilados brillaban bajo la luz de la