El silencio se quebró en cuanto Credence abrió la boca. Sus pasos fueron decididos, atravesando el salón como un huracán. Cada mirada se clavaba en él, pero no le importaba. Todo lo que existía en ese momento era la imagen frente a él: Danika, su hijo, y Rayner.
—¡Basta! —rugió, la voz retumbando en las paredes—. ¡Danika, ese niño… es mío! —apuntó con furia hacia el pequeño que caminaba entre ellos—. ¡MI hijo!
El salón quedó paralizado. Danika sintió un escalofrío recorrer su espalda; sabía que