Credence no pudo contener más la emoción. Sus piernas parecían moverse solas mientras corría hacia Mikahil. En un instante, se inclinó y levantó al niño en el aire, sonriendo con una mezcla de alegría y asombro que parecía iluminar toda la oficina.
—¡Míralo! —susurró, más para sí mismo que para nadie—. ¡Mi hijo… mi hijo!
El pequeño rió, contagiado por la euforia de su padre. Credence lo sostuvo con firmeza, acercando su rostro al del niño, inhalando la dulce fragancia de bebé que lo envolvía. C