La cena continuó entre un silencio que resultaba incómodo únicamente para dos personas. Lia y Giorgio parecían completamente ajenos a la tensión que se respiraba al otro lado de la mesa. Hablaban en voz baja de cualquier cosa, sonreían de vez en cuando y compartían pequeñas miradas cargadas de complicidad, como si únicamente existieran ellos dos. Ginna volvió a romper el silencio.
—Gio... ¿recuerdas las fiestas en Barcelona?
Giorgio levantó apenas la vista mientras bebía un poco de agua.
—¿Cuál