Vidrio roto.
El coche de Isabella estaba detenido en el semáforo en rojo. Apenas unos pocos autos la rodeaban en la breve oscuridad de la calle, pero dentro del suyo, la sensación de estar atrapada la aplastaba lentamente. Lágrimas silenciosas recorrían sus mejillas, mientras mantenía una mano temblorosa en el volante. Había llorado durante todo el trayecto desde el aeropuerto, la tensión acumulada convirtiéndose en un peso insoportable en su pecho.
Cuando el semáforo cambió, ella golpeó con fuerza el volan