Al hacerlo un gran chorro salió disparado, cayendo en ella y dejándola empapada. Eso no le molestaría usualmente, pero traía puesta su faja especial que la ayudaba con el dolor, misma que era muy cara y que no podía mojar; así que dio un par de pasos atrás contrariada.
—¡Demonios! —exclamo molesta.
—Descuida, hay ropa seca en la habitación que podrías usar —le dijo Oliver, encontrando un tanto ilógica su actitud; pero buscando ayudarla.
—Se lo agradezco, pero no puedo dejarle solo —le recordó y