Capítulo 9

CAPÍTULO 9

Amy se acerca tanto que puedo ver la dilatación de sus pupilas. Sus manos salen de sus bolsillos y se apoyan en la barra, una a cada lado de mi cuerpo, atrapándome. Esto fácilmente se podría considerar acoso laboral. Y, aun así, me quedo en silencio. Con todo, su perfume me envuelve, pero esta vez no es reconfortante; es agresivo.

​—No me importa quién empezó —sisea cerca de mi cara—. En este edificio, tú eres mi secretaria. Mi empleada. Y no voy a tolerar que des lástima o que busques atención de hombres mediocres que no tienen ni idea de lo que están tocando. ¿Te quedó claro?

​Su rostro está a milímetros del mío. Puedo ver la vena latiendo en su cuello y la forma en que sus labios se aprietan. No son celos normales; son los celos de un dueño sobre una propiedad valiosa. Y lo más perturbador de todo es que, bajo mi indignación, siento una chispa de placer ante su posesividad. Mi cuerpo, traicionero, responde a su cercanía, y mis ojos bajan involuntariamente a su boca.

​—Me queda claro —susurro, mi voz fallándome de nuevo.

​Amy me mira, bajando la vista hacia mi pecho, que sube y baja con rapidez. Su expresión se suaviza por una fracción de segundo, transformándose en algo más hambriento, antes de volver a endurecerse.

​—Parece que tienes demasiada energía, al igual que el señor Vaughn —dice, apartándose de golpe y recuperando su máscara de frialdad—. Susana tenía planeado que te fueras a las seis para que pudieras descansar. Olvídalo.

​—¿Qué? Pero tengo que ir a ver a mi madre, ella me espera para una videollamada y...

​—Dile que su hija tiene que trabajar —sentencia Amy, caminando hacia la salida sin mirarme—. Te quedarás hoy hasta que termines de organizar los archivos del almacén que dejaste a medias, y después quiero que redactes las actas de la reunión de esta mañana. No te irás de aquí antes de las once de la noche.

​—¡Eso son cinco horas extra! —exclamo, siguiéndola por el pasillo—. ¡Es injusto!

​Amy se detiene en seco y se gira. La mirada que me lanza habría detenido el corazón de cualquier otra persona.

​—La justicia es algo que no puedes costear, Camila. La obediencia, en cambio, es lo único que te mantendrá en este puesto. Si vuelves a cruzar una palabra innecesaria con Julian o con cualquier otro hombre en este piso, las horas extras serán el menor de tus problemas.

​Se da la vuelta y entra en su despacho, cerrando la puerta con un golpe que resuena en todo el lugar.

​Me quedo allí, parada en medio del pasillo, sintiendo las miradas curiosas de los otros empleados que rápidamente vuelven a sus pantallas. Mi dignidad me grita que renuncie, que nadie tiene derecho a tratarme así. Pero mi realidad, la cara de mis hermanas y las deudas de mi padre, me obligan a tragarme el orgullo.

​Camino hacia mi escritorio y me desplomo en la silla. Me duele el cuerpo, me duele la cabeza y, sobre todo, me duele la confusión interna que siento. Estoy furiosa con Amy Murphy, la odio por su arrogancia y su control abusivo. Pero, al mismo tiempo, la imagen de ella defendiendo su "territorio" frente a Julian se repite en mi mente, provocándome un calor que me hace odiarme a mí misma.

​¿Qué clase de mujer soy yo? Se supone que me gustan los chicos buenos como Julian, los que te invitan a almorzar y te sonríen con dulzura. Que me gustan los chicos en general. Entonces, ¿por qué mi pulso se aceleraba más con los gritos de Amy que con los cumplidos de Julian? ¿Por qué la idea de estar encerrada en este edificio con ella hasta las once de la noche me aterra y me excita a partes iguales?

​Tomo el teléfono y le envío un mensaje rápido a mi madre:

​«Mamá, me tengo que quedar hasta tarde. Mucho trabajo. Te llamo mañana. Las quiero».

​Susana pasa por mi lado unos minutos después, lanzándome una mirada de lástima.

​—Vaya, bienvenida al club —susurra—. Amy tiene un humor de perros hoy. Si necesitas algo, estaré en la planta 40. No dejes que te rompa, Camila.

​—No lo hará —respondo, aunque no estoy segura de si hablo para Susana o para mí misma.

​Me levanto y me dirijo hacia el ascensor; me espera una tarde larga y solitaria en el almacén polvoriento del sótano. Pero mientras bajo, no puedo dejar de pensar en lo que Amy me ha dicho: «Hombres mediocres que no tienen ni idea de lo que están tocando».

​Quiero decir, con eso ella demuestra claramente que es segura de sí misma, que le gustan otras chicas. Y no me malinterpreten, realmente no me importa nada de eso; no me interesa la vida sexual de nadie. Pero sí que me interesa el efecto que ella sabe que está provocando en mí, y este castigo no es solamente por lo de Julian. Esta es su forma de recordarme que, en ese juego de poder, ella tiene todas las cartas; y yo, por mucho que quiera negarlo, estoy ansiosa por ver cuál será su siguiente jugada.

​Entro en el almacén y el silencio me envuelve. Enciendo las luces fluorescentes que parpadean con un sonido eléctrico, me quito la chaqueta otra vez, me remango la blusa nuevamente y me preparo para una noche de trabajo forzado bajo la sombra invisible de la mujer que está empezando a poseer no solo mi tiempo, sino también mis pensamientos más locos.

​Y pensar que esto solamente es el primer día... No me quiero imaginar cómo será el resto.

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