Capítulo 8

CAPÍTULO 8

​El zumbido del aire acondicionado en el piso 49 ahora lo siento más fuerte o, quizás, es solo que mis sentidos están a flor de piel después de nuestro encuentro en el almacén. Cada vez que la puerta de madera oscura de Amy se abre, mi columna se tensa como la cuerda de un violín a punto de romperse. Han pasado apenas unas horas desde que me dejó temblando entre las cajas de archivos viejos, y la frialdad con la que me ignora ahora es casi más dolorosa que su intimidación.

​Son las 3 de la tarde y mi estómago emite un rugido de protesta que me recuerda que no he probado bocado desde las 6 de la mañana. Aprovecho que Amy está sumergida en una videoconferencia con la sede de Londres, así que decido escabullirme unos minutos hacia el área de descanso del personal.

​—Necesito azúcar, cafeína o un milagro —murmuro para mis adentros mientras camino por el pasillo de cristal.

​El área de descanso es una joya arquitectónica: sofás de diseño, una barra de mármol con máquinas de café que parecen naves espaciales y una vista panorámica de los rascacielos circundantes. Me sirvo un té helado y me apoyo contra la barra, suspirando mientras cierro los ojos por un segundo. El silencio dura poco.

​—Hola. No te había visto por aquí antes. Y créeme, me habría acordado.

​Abro los ojos de golpe. Frente a mí hay un chico joven, probablemente de unos veintitantos, con un aspecto de intelectual moderno: gafas de montura negra, una camisa de cuadros perfectamente planchada y una sonrisa que desborda una confianza que yo, en este momento, no poseo.

​—Soy Julian, del departamento de edición de ficción —dice extendiendo una mano—. Tú debes de ser la nueva secretaria que tiene a todo el piso en un estado de terror absoluto.

​Suelto una risa nerviosa, aceptando su mano. Sus dedos están cálidos, una sensación normal y humana que nada tiene que ver con las descargas eléctricas que Amy me hace sentir.

​—Camila Contreras —respondo—. ¿Tan mala es mi reputación?

​—No la tuya, sino la del puesto —bromea Julian, apoyándose en la barra de forma relajada e invadiendo sutilmente mi espacio personal, pero de una manera amistosa—. El promedio de duración en ese escritorio es de diez días, pero, a juzgar por cómo te ves, creo que podrías batir el récord.

​—¿Cómo me veo? —le pregunto curiosa.

​Julian se inclina un poco más, bajando la voz con un tono juguetón.

​—Te ves como alguien que tiene mucho fuego por dentro, Camila, aunque trates de esconderlo detrás de esa carita de niña buena y esa falda de bibliotecaria. Esos ojos miel no mienten.

​Siento que mis mejillas se calientan. Es un coqueteo inofensivo; es el tipo de atención que cualquier chica de mi edad recibiría en un bar un viernes por la noche. Bajo circunstancias normales le habría seguido el juego o simplemente me habría reído, pero en este edificio, bajo el techo de Amy Murphy, siento una punzada de ansiedad en lugar de halago.

​—Solo trato de sobrevivir al primer día, Julian —digo, tratando de apartarme un poco.

​—Bueno, si necesitas un guía para sobrevivir a la "Reina de Hielo", yo conozco los mejores lugares para almorzar lejos de su mirada —continúa él, ignorando mi lenguaje corporal esquivo—. De hecho, hay un pequeño bistró francés a la vuelta de la esquina. Podríamos ir mañana y...

​No termina la frase; no hace falta.

​De repente, la temperatura del área de descanso parece desplomarse veinte grados. El aire se vuelve pesado, cargado de una electricidad estática que me pone los pelos de punta. Julian, que se encuentra de espaldas al pasillo, no lo nota de inmediato, pero yo sí.

​Amy Murphy está de pie en la entrada, a unos cinco metros de nosotros.

​La blusa de seda parece brillar con una luz propia y peligrosa. Sus manos están metidas en los bolsillos del pantalón y su postura es de una rectitud militar, pero lo que me hiela la sangre es su rostro. No hay rastro de la curiosidad que mostró en el almacén; sus ojos azules son dos cuchillas de hielo fijas en la mano de Julian, que todavía roza ligeramente mi antebrazo.

​—Señor Vaughn —dice Amy. Su voz no es alta, pero corta el aire como un látigo.

​Julian da un salto, apartándose de mí como si yo estuviera hecha de lava hirviente. Se gira, palideciendo al instante.

​—Señora... Señora Murphy. Yo... solo estaba dándole la bienvenida a la señorita Contreras.

​Amy camina hacia nosotros. Sus pasos, firmes y rítmicos, resuenan en el suelo de mármol como una cuenta regresiva. Se detiene a un paso de Julian, ignorándome por completo, aunque puedo sentir su furia irradiando hacia mí en oleadas invisibles. Es una poseedora reclamando lo que considera su territorio. Siento todo esto muy extraño. ¿Podría considerarse una especie de acoso? O quizás es así todo el tiempo.

​—¿Bienvenida? —repite Amy, su voz bajando a un registro peligrosamente grave—. No sabía que el departamento de ficción tenía tanto tiempo libre como para enviar comités de bienvenida a mi oficina personal.

​—No, yo solo... estábamos descansando, es la hora del almuerzo —tartamudea Julian, cuya confianza se ha evaporado por completo.

​Amy inclina la cabeza, observándolo con una mezcla de asco y superioridad.

​—La hora del almuerzo terminó hace siete minutos, señor Vaughn. Y dado que parece tener tanta energía para socializar, asumo que el manuscrito de la saga Crónicas de Éter ya está revisado, corregido y listo para imprenta. ¿Es así?

​Julian traga saliva sonoramente.

​—Bueno, todavía me faltan un par de capítulos, pero pensaba terminarlos esta tarde...

​—Mañana por la mañana —le interrumpe ella, su mirada gélida clavándose en él—. Quiero ese manuscrito en mi escritorio a las ocho en punto. Si no está allí, no se moleste en traer sus cosas personales; se las enviaremos por mensajería a su domicilio. No necesito editores que confundan mi empresa con una aplicación de citas.

​—Sí, señora Murphy. Por supuesto. Lo siento mucho —le dice Julian, lanzándome una mirada de terror puro antes de salir prácticamente corriendo del área de descanso.

​Me quedo sola con ella. Mi corazón late con tanta fuerza que temo que Amy pueda escucharlo. Ella se mantiene de espaldas a mí durante unos segundos, respirando de forma controlada. Parece que está furiosa, pero no es una furia explosiva; es una furia más controlada, del tipo posesivo, una que me da mucho más miedo. Es el tipo de furia que solía tener mi exnovio. Lo que me deja aún más confundida, porque ella simplemente es mi jefa y este es mi primer día de trabajo.

​Finalmente se gira hacia mí.

​—¿Te diviertes, Camila? —me pregunta. Sus ojos azules son dos pozos de fuego frío.

​—Yo no hice nada, él solo se acercó a hablarme...

​—¡Cállate! —me grita, y el sonido retumba en las paredes. Da un paso hacia mí, acorralándome contra la barra de mármol—. ¿Crees que te contraté para que seas la distracción de mis editores? ¿Crees que este es un lugar para tus jueguitos de seducción de universidad?

​—No estaba seduciendo a nadie —respondo, sintiendo que la indignación empieza a superar mi miedo—. Solo estaba bebiendo un té. Él fue quien empezó a hablar.

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