Mundo ficciónIniciar sesiónCAPÍTULO 7
Me quedo helada. Una cosa es asistir al director editorial y otra muy distinta el trabajo de carga. —¿Al almacén? —mi voz suena más firme de lo que espero—. Pensé que mi contrato especificaba tareas de asistencia ejecutiva en este piso, señora Murphy. Amy se recuesta en su silla de cuero, entrelazando sus dedos largos. Una sonrisa mínima, casi imperceptible, asoma en la comisura de sus labios. —Tu contrato especifica que reportes directamente a mí, Camila. Si decido que tu prioridad hoy es el archivo muerto, ese es tu trabajo. ¿O es que ordenar papel viejo hiere tu sensibilidad? El tono condescendiente me enciende la sangre; una unidad de digno enfado sustituye a cualquier rastro de timidez. —Lo haré —respondo con frialdad, sosteniéndole la mirada hasta que ella vuelve a bajar los ojos hacia su pantalla. —Bien, retírate. Aprieto las uñas y salgo de su oficina. El almacén subterráneo es un espacio enorme, frío y mal iluminado, donde el olor a polvo y papel viejo flotan en el aire. Me quito la chaqueta del traje, la coloco en una estantería metálica y comienzo a mover los pesados contenedores de cartón. El esfuerzo físico me viene bien; el peso de las cajas me devuelve a la realidad y me ayuda a vaciar la cabeza de tensiones absurdas. Llevo un par de horas clasificando volúmenes cuando el eco de unos pasos elegantes rompe el silencio del sótano. Me giro, limpiándome una gota de sudor de la frente con el dorso de la mano. Amy Murphy está en la entrada del pasillo. Con su blusa implacable, sus zapatos de diseñador parecen ser de otro mundo en medio de este depósito industrial. Camina hacia mí despacio, observando el desorden de cajas a mi alrededor. Luego se detiene frente a la estantería donde yo estoy trabajando. Lleva puestos sus guantes de cuero negro. Pasa un dedo enguantado por el borde de una de las cajas que yo acabo de etiquetar, comprobando el trabajo. Hay un silencio extraño, pesado, donde solo se escucha nuestra respiración. Frunce el ceño levemente, como si algo en la situación la incomodara o la sacara de su zona de control. —Eres eficiente cuando te lo propones —dice dando un paso hacia mí. El espacio a mi alrededor parece encogerse de golpe. —Hago mi trabajo —respondo, dando medio paso hacia atrás hasta que mi espalda choca contra el metal frío de la estantería. —Hay algo en la forma en que me miras, Camila... —susurra, rompiendo la última barrera de distancia. Sus ojos azules parecen estudiar cada una de mis reacciones—. Una resistencia constante. Estás acostumbrada a seguir las reglas, a ser la chica que complace a todos, la que hace lo correcto. Pero aquí estás. Mi mente racional grita que esto no es normal, que debo dar media vuelta y marcharme, pero mis piernas no responden. —Usted no sabe nada de mí —logro decir, aunque la firmeza de mis palabras se disuelve en un hilo de voz. —Sé lo suficiente —replica. Extiende su mano enguantada y, con un movimiento deliberadamente lento, roza un mechón suelto de mi cabello que cae sobre mi rostro. El contacto del cuero frío contra mi piel me provoca un escalofrío violento. Su dedo se enreda en el mechón, tirando apenas lo necesario para obligarme a levantar la barbilla. Su mirada desciende de mis ojos a mis labios. En ese fragmento de segundo, el almacén desaparece; no hay Apex Ink, ni contratos, ni pasado. Solo la presión de su cercanía, el aroma magnético a sándalo y una oleada de calor que me sube por el pecho, desarmando cualquier rastro de lógica. Mi cuerpo, ignorando por completo todas mis defensas, se inclina imperceptiblemente hacia ella. Espero el impacto, conteniendo el aliento con el corazón golpeándome las costillas. Amy se inclina un milímetro más. Puedo sentir el calor de su respiración rozando mi boca, una promesa inminente que me hace cerrar los ojos. Pero el contacto nunca llega. Escucho el crujido del cuero cuando suelta mi cabello. Al abrir los ojos, Amy ya ha dado un paso atrás. Su rostro vuelve a ser una máscara de absoluta indiferencia profesional, aunque un ligero brillo de suficiencia delata su control sobre la situación. —Termina con esto y sube a la oficina —me dice, su voz recuperando el tono gélido de esta mañana—. Y arréglate el cabello, da una impresión descuidada. Se da la vuelta y sus pasos se alejan con un ritmo firme y constante por el pasillo de cemento, dejándome sola en la penumbra. Me apoyo contra la estantería, obligando a mis pulmones a llenarse de aire frío mientras mis manos, todavía temblorosas, buscan la horquilla para recogerme el pelo.






