Mundo ficciónIniciar sesiónCAPÍTULO 11
—Estás nerviosa, Camila —afirma. No es una pregunta, es una observación cargada de una satisfacción oscura—. ¿Por qué? ¿Es porque estamos solas? ¿O es porque te diste cuenta de que Julian no podría ni siquiera imaginar cómo tocar estos papeles y mucho menos a ti? El nombre de Julian actúa como un recordatorio de su furia de esta tarde. Me giro un poco para mirarla y es un error. Nuestros rostros están a escasos centímetros; puedo ver el azul infinito de su iris, la pequeña cicatriz en su ceja y la humedad en sus labios entreabiertos. —Señora Murphy, yo solo... solo quiero hacer bien mi trabajo. No estoy pensando en nada ni en nadie —logro decir, aunque mi voz es un hilo traicionero. —Tu trabajo es complacerme —me dice ella, y la palabra complacer se queda vibrando en el aire con un significado que va mucho más allá de lo laboral—. Y ahora mismo me complacería saber qué estás pensando. Porque tus ojos dicen una cosa, pero tu cuerpo... tu cuerpo está gritando otra muy distinta. Amy extiende su mano libre. Sus dedos largos se mueven con una lentitud agónica hasta mi rostro. Siento el cuero frío de su guante, que se había vuelto a colocar en algún momento de la noche, rozar mi mandíbula. El contraste entre el frío del cuero y el calor de mi piel me hace soltar un suspiro involuntario. Ella sube su pulgar hasta mi labio inferior, presionando suavemente hacia abajo. —Mírate —susurra—. Eres como un libro sin abrir, Camila. Crees que eres predecible, crees que eres esa chica dulce que espera el amor de un hombre común. Pero debajo de esa blusa abotonada hasta el cuello, hay un hambre que ningún hombre nunca sabría saciar. Su mano baja por mi cuello, deteniéndose justo donde mi pulso golpea con una fuerza salvaje; puedo sentir el latido rítmico contra su guante. Mi mente me grita que me aparte, que esto es una locura, que ella es mi jefa y una mujer posesiva y peligrosa, pero mi cuerpo... mi traicionero cuerpo está respondiendo a su magnetismo de una manera que me asusta. Siento un líquido extendiéndose por mi vientre, una pesadez en mis senos que solo desea ser aliviada por su contacto. Inclino la cabeza hacia atrás, exponiendo mi cuello de forma inconsciente, una señal de rendición que Amy no pasa por alto. —Eso es —murmura, y su voz es ahora un ronroneo de pura satisfacción—. Rendición. Eso es lo que mejor te sienta. Ella se acerca aún más, invadiendo mi espacio vital hasta que siento la presión de su camisa contra la mía. Cierro los ojos esperando que sus labios reclamen los míos, deseando que termine con esta tortura de proximidad y me bese con la misma furia con la que me ha gritado esta tarde. Estoy dispuesta a todo en este momento: a las horas extras, a los gritos, a su control... Todo con tal de sentirla. Pero, una vez más, Amy Murphy demuestra que ella es la dueña del juego. Justo cuando siento que su nariz roza la mía, se aparta de golpe. El aire de la oficina ocupa el espacio donde antes estaba su calor, dejándome con una sensación de vacío insoportable. Abro los ojos parpadeando varias veces, tratando de recuperar el sentido de la realidad. La veo regresar a su silla, acomodándose la blusa como si nada hubiera pasado; su expresión vuelve a ser la de la empresaria gélida y distante. Es como si de pronto hubiera recordado algo. —Es suficiente por hoy —me dice, tomando un archivo y abriéndolo—. Los sobres pueden esperar a mañana. Son casi las once y no quiero que te quedes dormida en el metro de nuevo. No querría que otro extraño tenga que sostenerte. La mención del encuentro en el metro es como un cubo de agua fría. Me quedo allí de pie, sintiéndome tonta, usada y desesperadamente necesitada. Ella me ha llevado al borde del abismo solo para demostrarme que puede hacerme saltar cuando quiera. —¿Señora Murphy? —le pregunto, mi voz todavía cargada por la tensión sexual que ella ha encendido. —Vete, Camila —ordena sin levantar la vista del papel—. Mañana a las ocho en punto. Con el café a 92 grados y sin distracciones. Recojo mis cosas con mano temblorosa; mis piernas se sienten como si fueran de gelatina mientras camino hacia la puerta. Antes de salir, me detengo y miro hacia atrás. Amy sigue concentrada en su trabajo, iluminada por el foco de la lámpara: una reina solitaria en su trono de cristal. Salgo al pasillo vacío y camino hacia los ascensores. El edificio que antes me parecía imponente, ahora se siente como un laberinto del que no quiero escapar. Al entrar en la cabina del ascensor, me miro en el espejo: tengo las mejillas encendidas y los labios ligeramente hinchados por la presión de su pulgar. Mi "heterosexualidad" no solo se encuentra flaqueando, sino que está en ruinas. Amy Murphy no solo me está enseñando a archivar cartas; me está enseñando que ella es la que manda. Y mientras el ascensor baja hasta la noche de Nueva York, solo puedo pensar en una cosa: mañana tengo que volver a este piso. Y lo que es peor, quiero volver a sentir su sombra sobre mí. Quiero que termine lo que ha comenzado. Esta mujer sí que sabe cómo licuar los sentidos. Suspiro antes de salir de la empresa.






