Mundo ficciónIniciar sesiónCAPÍTULO 10
El reloj de la oficina parece burlarse del tiempo; marca las 9:30 de la noche. A esta hora, toda la planta del nivel 49, y supongo que las inferiores también, de Apex Ink es un lugar completamente distinto. Las luces principales se han atenuado automáticamente, dejando solo los focos de riel que iluminan las obras de arte y las lámparas de diseño sobre los escritorios vacíos. El silencio ya no es productivo; es tenso, casi sólido, roto únicamente por el zumbido del sistema de ventilación y el ocasional crujido de la estructura del edificio bajo el viento de Manhattan. Mis ojos arden. He pasado las últimas tres horas en el almacén moviendo cajas y organizando archivos hasta que mis dedos quedaron cubiertos de una fina capa de polvo grisáceo y mis músculos empezaron a protestar. Cuando volví a subir al piso principal, lo hice con la esperanza de que Amy ya se hubiera marchado, pero la luz que se filtra por debajo de su puerta de madera oscura mi indica que mi castigo aún no ha terminado. Suspiro. Camino hasta mi escritorio con pasos pesados. Me siento agotada, pero también extrañamente alerta. Hay una electricidad en el aire que no logro disipar. Me siento y abro la carpeta de las actas de reunión, pero antes de que pueda escribir la primera palabra, el intercomunicador emite su ya familiar y cortante pitido. —Señorita Contreras, traiga sus cosas y entre. No hay ni un "por favor", ni un rastro de cansancio en su voz. Me levanto, recojo mi cuaderno y mi bolso, y empujo la puerta. Al entrar, la oficina está sumergida en una penumbra azulada. La única fuente de luz fuerte proviene de la lámpara de escritorio de Amy, que crea un círculo de claridad sobre la superficie de cristal negro. Ella se encuentra sentada allí, pero ya no parece la ejecutiva impecable de la mañana: se ha quitado el accesorio minimalista que llevaba y los dos primeros botones de su blusa blanca están desabrochados. Su cabello negro, antes recogido en un moño perfecto, ahora cae libre sobre sus hombros, dándole un aire salvaje que me hace tragar saliva. —Siéntese —ordena, señalando la silla frente a ella, al otro lado de su escritorio. Me siento porque honestamente lo necesito; estoy súper cansada, pero aun así trato de mantener una postura profesional a pesar de que siento que mis hombros pesan una tonelada. Amy no me mira de inmediato; está terminando de firmar unos documentos con una pluma estilográfica de plata. El rasgueo del plumín sobre el papel es lo único que se escucha. —¿Terminaste con los archivos? —pregunta finalmente, levantando la vista. Sus ojos, bajo la luz de la lámpara, parecen dos gemas incandescentes; no hay rastro de fatiga en ellos. Al contrario, parecen alimentarse de la quietud de la noche. —Sí, señora Murphy. Todo el sector de "Nocturna" está clasificado por año y autor, tal como pidió. —Bien, porque ahora viene la parte más delicada de tu trabajo —dice, cerrando la carpeta y apartándola—. No me gusta que mis asuntos personales se mezclen con el flujo ordinario de la oficina. A partir de mañana, tú te encargarás de mi correspondencia privada: invitaciones, acuerdos de confidencialidad, correspondencia legal de mis otras propiedades... Todo pasa por ti. Trago saliva, porque ahora sí siento que estamos hablando de otro nivel de trabajo. Y creo que era exactamente esto lo que me esperaba en primer lugar. La veo sacar una caja de madera lacada del cajón inferior de su escritorio y ponerla sobre el cristal. Al abrirla, veo una serie de sobres de papel crema, pesado y elegante. —Acércate, Camila. No puedo enseñarte esto desde el otro lado de la mesa. Me levanto y camino rodeando la mesa hasta detenerme a su lado. Mi corazón empieza a martillar contra mis costillas. Al llegar a su altura, Amy gira su silla de cuero hacia mí; no se aparta para dejarme espacio, al contrario, se queda allí, obligándome a inclinarme sobre ella para ver el contenido de la caja. —Cada sobre debe ser abierto con este abrecartas —me extiende una pieza de plata afilada—. No quiero bordes rasgados, quiero perfección. Tomo el abrecartas, pero mis dedos rozan los suyos. Es un contacto breve, apenas un segundo, pero siento una descarga que me recorre el brazo hasta el hombro. Amy no retira la mano de inmediato. Sus ojos siguen el movimiento de mis dedos y puedo ver cómo su mandíbula se tensa. —Suéltalo con firmeza —susurra. Su voz, en el silencio de la oficina vacía, suena más profunda, más íntima—. No dejes que la herramienta te domine a ti; tú dominas a la herramienta. Empiezo a abrir uno de los sobres bajo su supervisión. Estoy tan cerca de ella que puedo sentir el calor que emana de su cuerpo; su perfume es ahora una neblina que me nubla el juicio. Amy se inclina hacia adelante, supuestamente para ver cómo lo hago, pero su hombro roza mi brazo. —Después de abrirlo —continúa, y su aliento cálido roza mi mejilla, haciendo que se me erice la piel—, debes clasificarlos según el sello de cera. Si el sello es rojo, va a la carpeta de inmediato. Si es azul, es para mi archivo personal en casa. Me cuesta concentrarme. Mis manos tiemblan ligeramente y el abrecartas de plata pesa más de lo normal. Amy se levanta lentamente sin dejar de mirarme; al estar de pie, a su altura me supera con creces y su presencia me rodea por completo. Pone una mano sobre la mesa, justo al lado de la mía, y la otra la apoya en el respaldo de su silla, atrapándome perfectamente entre el mueble y su cuerpo. 






