Mundo ficciónIniciar sesiónElla no busca una secretaria. Busca a alguien que le pertenezca. Camila Contreras llegó a Nueva York creyendo que Apex Ink era la oportunidad de su vida. Pero trabajar para Amy Murphy —la despiadada reina editorial de Manhattan— significa entrar en un mundo donde el control se confunde con deseo y la obediencia puede ser peligrosamente adictiva. Fría, brillante y absolutamente dominante, Amy está acostumbrada a conseguir todo lo que quiere. Y desde el momento en que Camila cruzó las puertas del piso 49, decidió convertirla en su nueva obsesión. Entre juegos de poder, tensión prohibida y una atracción que consume más de lo que salva, Camila tendrá que decidir qué vale más: su libertad… o Amy Murphy. Bienvenidos a Apex Ink. Una vez que entras, ya no sales igual. —“Sigues siendo mía, Camila.”
Leer másCAPÍTULO 1
El sonido del despertador no es una sugerencia, es una sentencia. A las 6 de la mañana, el zumbido metálico me recuerda que mi vida pende de un hilo o, más bien, de una llamada que todavía me cuesta creer que haya recibido. Me levanto de la cama sintiendo el frío de Queens colarse por las rendijas de la ventana. Mi apartamento es pequeño, ruidoso y huele a ese café barato que es lo único que mi presupuesto me permite comprar después de tres meses de sequía laboral. Mientras me ducho, intento calmar el temblor de mis manos. «Puedes hacerlo, Camila. Es solo un empleo de recepcionista», me repito. Pero sé que es mucho más que eso; es la luz al final del túnel oscuro que empezó hace un año, cuando mi padre murió y nos dejó a mi madre, a mis hermanas gemelas y a mí una montaña de deudas y un vacío en el pecho que no logro llenar. Como hermana mayor que soy, mi deber es ser el pilar, aunque siento que mis propios cimientos se están desmoronando. Me pongo mi mejor falda tubo —la que guardo para ocasiones especiales— y una blusa blanca que he planchado con una precisión casi religiosa. Me miro al espejo; mis ojos color miel se ven cansados, pero brillantes por la ansiedad. Me recojo el cabello castaño en una coleta pulcra, aunque algunos mechones rebeldes, casi rubios, se niegan a permanecer quietos y se escapan. —Por ti, papá —susurro antes de salir del apartamento. Bajo al estacionamiento rezando, pero mis plegarias mueren en cuanto giro la llave de mi viejo auto en el contacto y el motor emite un quejido agónico y luego queda en silencio. Lo intento tres veces más, golpeando el volante con frustración. —¡Ahora no! ¡Por favor, hoy no! Miro la hora en mi reloj de mano: son las 7:25. Si no salgo ya, perderé la oportunidad en Apex Ink antes siquiera de haber cruzado las puertas. Salgo del auto y corro hacia la estación de metro más cercana, sintiendo cómo mis tacones golpean el pavimento como si fuera una cuenta regresiva. Estoy súper nerviosa. Bajo las escaleras de la estación a toda prisa —o lo más deprisa que mis tacones me lo permiten— a tiempo para entrar al vagón antes de que las puertas se cierren, atrapando un mechón de mi abrigo, el cual tengo que tirar con fuerza para que se suelte. El tren está súper lleno, a reventar; es esa hora en la que Nueva York se siente como una masa asfixiante de cuerpos. Me agarro a un poste de metal tratando de recuperar el aliento y de ignorar el sudor que empieza a humedecer mi nuca. Es entonces cuando siento que el ambiente cambia. No sé cómo explicarlo, pero es la sensación que siento. Es como si la atmósfera dentro del vagón hubiera dejado de golpear. Lo primero que noto es que los hombres a mi alrededor dejan de mirar sus teléfonos; susurros bajos llenan el aire. Giro la cabeza porque sí, así de curiosa soy para saber qué está causando semejante reacción. Es entonces cuando la veo. Está justo detrás de mí, a una distancia tan corta que puedo sentir el aura de poder que emana de ella. Es imponente, mucho más alta que yo; quizás me saca casi 20 centímetros a mis escasos 1,60 m. Viste unos jeans oscuros que abrazan unas piernas interminables y una chaqueta de cuero negro que se ve ridículamente cara. Sé admitir cuando una chica es atractiva, y el nivel de esta es muy alto. Su rostro es lo que me roba el aliento: tiene una mandíbula esculpida, labios carnosos y un cabello negro tan oscuro y brillante que parece seda líquida. Sus ojos... Dios, sus ojos son de un azul gélido tan claros que me recuerdan a los glaciares que ves en los documentales. Son hermosos, pero capaces de matarte si te acercas demasiado. Ella no mira a nadie; mantiene una expresión de indiferencia absoluta, como si el resto de nosotros fuéramos simples sombras en su mundo. Siento un vuelco en el estómago. Un calor súbito, completamente desconocido para mí, comienza a subir desde el vientre hasta mi pecho. Nunca me ha pasado algo así; siempre me he considerado una chica normal, heterosexual, con gustos sencillos... Pero esta mujer me está provocando una reacción química que no puedo controlar. Mi pulso se vuelve errático. Me atrevo a admitir que siento mariposas. De repente, ella mueve la mirada. Sus ojos azules chocan contra los míos. No bajo la vista, aunque debería haberlo hecho, ya que no es de buena educación mirar a las personas de la manera en que yo lo he hecho; y, aun así, me quedo atrapada en su escrutinio. Ella me recorre de arriba a abajo, deteniéndose un instante en mi boca. Veo una chispa de algo oscuro en sus pupilas antes de que yo, muerta de vergüenza, aparte la cara con el corazón martilleando contra mis costillas. «Cálmate, Camila. Es solo una mujer guapa. Solo eso», me repito a mí misma, viendo lo completamente ilógico que es cómo mi cuerpo ha reaccionado. El tren toma una curva a toda velocidad y, de repente, los frenos chirrían. Es un impacto seco; mi mano resbala del poste y el impulso me lanza hacia atrás sin piedad. Cierro los ojos esperando el golpe contra el suelo o contra el metal. No sucede. El golpe esperado no llega. Siento unos brazos fuertes rodeándome con una seguridad pasmosa. Una mano firme se ancla en mi cintura, pegándome contra un cuerpo sólido y cálido. El impacto entre nuestros dorsos me deja sin respiración. Mi cara queda hundida en el hueco de su cuello y, en ese instante, el mundo exterior deja de existir. El aroma de un perfume exquisito inunda mis fosas nasales; es un olor refinado, una mezcla de sándalo, algo amaderado y un toque de flores nocturnas. Es el olor del dinero, del lujo y de algo mucho más peligroso. Levanto la vista con lentitud. Su cabello negro cae a nuestro alrededor, creando una cortina de privacidad en medio del vagón abarrotado. Estamos tan cerca que puedo ver las motas de plata en su iris azul. Su mano todavía en mi cintura aprieta ligeramente y juro que siento una corriente eléctrica recorrerme la columna vertebral. —Ten cuidado —me dice ella. Mi cerebro tarda un segundo en procesar lo que me acaba de decir. Su voz es un susurro terciopelado, grave y con una nota de mando que me hace vibrar por dentro. No es una sugerencia, es una orden. —Lo siento... Yo... Gracias —logro tartamudear, sintiéndome pequeña, vulnerable y extrañamente expuesta bajo su mirada. Ella no me suelta de inmediato; me sostiene un segundo más de lo necesario, escaneando mi rostro con una intensidad que me hace sentir que puede leer todos y cada uno de mis pensamientos pecaminosos que se me cruzan en este instante. Mi puta mente no pudo escoger otro momento para hacer eso, tiene que ser exactamente ahorita. Finalmente, sus manos se deslizan por mis costados con una lentitud jugosa antes de dejarme ir. Mi cuerpo se siente caliente y juro que nada de esto puede ser normal. Mucho menos por la forma en la que ella me mira; siento que voy a arder. Mantengo la mirada baja mientras me ajusto mi cartera. El tren anuncia la siguiente parada. Mi cerebro está frito; necesito salir de aquí, necesito aire fresco que despeje el olor de su perfume de mi cabeza. Estoy tan nerviosa y avergonzada por lo que acabo de sentir que, en cuanto las puertas se abren, salgo disparada a la plataforma. No miro atrás; no quiero ver si ella me está mirando. Corro hacia las escaleras mecánicas como si mi vida dependiera de ello. Cuando llego a la superficie y siento la brisa de la mañana en la cara, me detengo a respirar. Me apoyo contra una pared tocándome la cintura, donde todavía puedo sentir el calor de sus dedos. Mi corazón no baja de las 100 pulsaciones por minuto. —¿Qué me acaba de pasar? —susurro para mis adentros. Miro a mi alrededor y se me cae el alma a los pies. Los edificios no son los que recuerdo. Miro el cartel de la estación: Calle 34. —¡No! ¡No, no, no! —gimo, con las ganas de llorar haciendo su aparición. Por los nervios de escapar de esa mujer, me he bajado dos estaciones antes. Son las 7:50. Apex Ink está a una distancia que ni siquiera un atleta olímpico podría recorrer en 10 minutos. Miro mis tacones, aprieto los dientes y empiezo a caminar casi a trote, a toda marcha por la acera. Estoy sudando, me duelen los pies y estoy segura de que mi peinado es un desastre, pero no me rendiré. Mientras esquivo a turistas y ejecutivos, intento convencerme de que, por suerte, la mujer del tren ha sido solamente un encuentro fortuito, una anécdota que contar, alguien que jamás volveré a ver. Me maldigo una vez más internamente por haberme bajado en la estación equivocada.CAPÍTULO 26—Has pasado veintidós años creyendo que el placer es algo que se negocia —dice, y siento su mano subiendo por mi muslo por debajo de la falda—; creyendo que tu cuerpo es tuyo. Pero hoy descubrirás la verdad: tu cuerpo responde a la autoridad, responde a la certeza de que alguien más ha tomado el control.Su mano sube más, más allá de la liga de mis medias, hasta llegar a mi ropa interior, tocando mi centro húmedo y resbaladizo. Suelto un gemido ahogado; mi cabeza cae hacia atrás, exponiendo mi cuello de forma instintiva.—¿Te gusta esto, Camila? —pregunta, sintiendo la presión de sus dedos a través de la tela—. ¿Te gusta saber que no puedes huir, que no puedes decidir cuándo termina esto?—Sí... —susurro, y la palabra es un ruego—. Por favor, Amy...—No me llamarás por mi nombre cuando estemos a solas: te dirigirás a mí como "Ama". Y para que quede claro, un "por favor" no es suficiente —responde ella. De repente, la presión desaparece; su mano se retira, dejándome en
CAPÍTULO 25El traslado a mi nueva realidad es tan fulminante como el cierre de un trato multimillonario: no hay tiempo para despedidas melancólicas en mi apartamento ni para recoger las tazas de café o los recuerdos de una vida que, de repente, se siente como una película en blanco y negro vista hace décadas. Amy ha decidido que mi vida anterior es un lastre, y ella no permite que sus posesiones carguen con pesos innecesarios.El auto negro nos deja en la entrada privada de su edificio. El mismo portero de la noche anterior, con una discreción que raya en lo robótico, nos abre paso. Esta vez no hay carreras ni huidas por el vestíbulo; camino al lado de Amy sintiendo el roce de su brazo contra mi hombro —debido a la diferencia de altura—, un contacto que ahora está sancionado por un documento legal que descansa en su maletín. El ascensor, nuestro confesionario, se eleva en un silencio que ya no se siente tenso, sino expectante.Al entrar en el penthouse, las luces se encienden con
CAPÍTULO 24Me muerdo el labio inferior, pensando en lo que debo hacer. Un pensamiento muy descabellado sale de mi boca antes de que tenga tiempo de procesarlo:—¿Es esto lo que les has hecho a tus anteriores secretarias?Su mirada cambia tan rápido como un parpadeo: ya no me está mirando con deseo, sino que su rostro se ha endurecido.—No tengo por qué darte ninguna explicación, Camila. No olvides que fuiste tú la que aceptó venir a mí en primer lugar. Si sabes leer, entiendes perfectamente el concepto de confidencialidad: no hablo de mis asuntos con nadie, mucho menos de mis sumisas.Automáticamente me siento regañada, molesta y asaltada por una ola de celos, porque algo me dice que ha tenido más de una sumisa y que alguna de ellas ha sido una de sus secretarias.—¿Por qué? —pregunto, levantando la vista del papel—. ¿Por qué necesitas un contrato para esto? Ya te dije que soy tuya.Ella se inclina hacia adelante, apoyando los codos en el escritorio. La luz de la lámpara perfil
CAPÍTULO 23—¿Qué quieres decir con que la reunión se cancela, Camila? —la voz de Julian al otro lado del teléfono vibra con una mezcla de desconcierto y molestia—. Tenía el análisis de escaleta listo para presentárselo a la señora Murphy esta misma tarde.Sostengo el auricular con una indiferencia que no sabía que poseía. Miro hacia la puerta cerrada de la oficina de Amy antes de responder.—Lo que quiero decir, Julian, es que la señora Murphy ha reestructurado la dinámica del proyecto Nocturna —le digo con tono pausado, desprovisto de cualquier empatía; sé que todo esto se debe a que tengo un propósito muy claro al cual estoy completamente decidida a llegar—. Tu participación en la coordinación editorial queda cancelada a partir de este momento. Yo me haré cargo de la comunicación directa con ella.—¡Esto es absurdo! —protesta, elevando la voz—. Llevo semanas trabajando en esto. ¿Es una broma? Déjame hablar con ella directamente...—No hay nada que hablar —lo interrumpo con fir
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