Mundo ficciónIniciar sesiónCAPÍTULO 6
El reloj digital de mi nuevo escritorio marca las 8:45 a. m. Llevo exactamente media hora sentada en una silla ergonómica que probablemente cuesta más que tres meses de mi alquiler. El silencio en el piso 49 de Apex Ink es extrañamente pacífico a esta hora, roto únicamente por el tecleo de algunos compañeros en el área norte y el murmullo lejano del tráfico de la ciudad allá abajo. Frente a mí, las tres carpetas que me han sido asignadas esperan abiertas. Son documentos de fusiones internacionales redactados en una jerga técnica compleja, pero el reto me resulta extrañamente reconfortante. Me sumerjo en los textos, concentrada en corregir las cláusulas y escanear las firmas. Por unos minutos, el zumbido de mi propia ansiedad se apaga, devolviéndome a la familiar seguridad de saber hacer bien mi trabajo. A las 9:15 a. m., el intercomunicador de mi escritorio emite un pitido agudo que corta la calma de golpe. —Señorita Contreras, a mi oficina. Ahora. La voz de Amy se filtra por el altavoz, sonando profunda y plana. Me levanto de inmediato, alisando mi falda por puro reflejo mientras camino, y me aseguro de que mi coleta siga en su sitio antes de empujar la puerta de madera oscura. Al entrar, la encuentro de pie junto al gran ventanal, mirando el horizonte de rascacielos. Ha dejado la chaqueta gris sobre el sofá de cuero y viste solo una camisa de seda blanca con las mangas sutilmente arremangadas. Por un breve instante, la veo pasarse una mano por la sien, un gesto inusual de fatiga que desaparece en cuanto nota mi presencia. Se endereza de inmediato, recuperando su postura implacable. —Mi café se ha enfriado —me dice sin girarse—. En la cocina pequeña hay una prensa francesa. Quiero una mezcla de granos de Sumatra, molienda media-gruesa. El agua debe estar exactamente a 92 grados; si hierve, el grano se quema, si está tibia, el sabor no se libera. Parpadeo perpleja, tratando de retener todos los detalles técnicos. —¿92 grados? —le pregunto manteniendo la voz neutra—. Señora Murphy, dudo que haya un termómetro de precisión en la cocina. Amy se gira lentamente. Sus ojos azules me recorren con una mezcla de aburrimiento y una ligera chispa de expectación. Camina hacia mí, deteniéndose a una distancia que invade deliberadamente mi espacio personal. Sostiene la mirada en silencio durante unos segundos que se hacen eternos, deteniéndose en ese momento en la línea de mi mandíbula antes de volver a mi ojos. —Aprende a improvisar, Camila. Un buen asistente trae resultados, no preguntas. Tienes cinco minutos. Y después, cancela la cena de Londres con el editor jefe de The Guardian. Dile que mi agenda se ha complicado. —Pero... la agenda indica que es una prioridad internacional —replico, sosteniéndole la mirada una milésima de segundo más de lo debido. Mi orgullo profesional se resiste a ser tan fácil. Ella da un paso más, lo que me obliga a inclinar la cabeza hacia atrás. El aroma a sándalo y papel nuevo me golpea de lleno. —Prioridad es lo que yo decida que sea prioridad —susurra, y esta vez su tono no es una orden cortante, sino una advertencia casi inaudible—. Muévete, el tiempo corre. Salgo de la oficina apretando los puños, más enfadada con su arrogancia que asustada. ¿Siempre será así de perra o es solo conmigo? En la cocina descubro con alivio que la tetera eléctrica tiene un indicador digital. Vigilo los números en silencio: 85... 88... 90... 92. Detengo el proceso en el instante justo. Mientras espero que el café se infusione, me miro en el reflejo de acero inoxidable de la cafetera. Mi reflejo parece el de una extraña. Recuerdo a Carlos, mi novio de la universidad; las citas predecibles al ritmo calmado de una vida donde todo encajaba en los márgenes de lo correcto. Nunca una sola palabra de un hombre había logrado acelerarme el pulso de esta manera y provocarme esta mezcla de irritación y una curiosidad desconcertante que me cuesta admitir. Me froto las sienes, tratando de recuperar la lógica. «Es el estrés del primer día», mi miento. «Es solo una jefa difícil», trato de convencerme. Regreso y dejo la bandeja con la taza de porcelana sobre su escritorio. Amy, sumergida de nuevo en su ordenador, toma un sorbo sin mirarme. Mantiene el líquido un instante en la boca y luego deja la taza con un golpe seco. —Aceptable. Ahora, las carpetas. —Estarán listas en una hora, señora Murphy. Estoy revisando los anexos legales. —Los quiero en mi correo en cuarenta minutos —me interrumpe, clavando sus ojos en mí—. Al terminar, bajarás al almacén de la planta baja. Hay unas cajas sin clasificar de la serie "Nocturna" de hace una década; organízalas por fecha y autor. 




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