Me muerdo el labio inferior y doy un pasito atrás, sorprendida. Mis manos se esconden tras mi espalda. He sido pillada in fraganti y siento el calor subir por mi pecho e inundar mi cara. Él ladea el rostro, acorta la distancia con el ventanal, hace a un lado el visillo translúcido y abre. Trago con fuerza cuando él sale y se recarga en el marco, con los brazos cruzados y la mirada curiosa, brillante y oscura.
—¿No te sentías mal? — cuestiona, con una ceja alzada.
—Te dije que estaba perfecta