Ella se acerca hasta la ventana y yo aflojo las manos, demasiado asombrada para resistir que ella vuelve a abrir la puerta corrediza.
—¿Qué haces aquí? — musito.
Natalia sonríe con orgullo, tanto que arquea una ceja y me observa con un poco de arrogancia.
—A diferencia del resto, pienso y luego actúo — se encoge de hombros —. ¿Sabes que tienes a tres idiotas y tu padre, buscándote como si no hubiera un mañana?
Escucharla, en lugar de aliviarme, me alerta. Si ella sabe que estoy aquí, bastará