Capítulo 62. El veneno en el umbral.
Silas permanecía sentado en su gastado sillón, en la penumbra de su sala de estar. El lugar olía a tabaco rancio y a ese encierro que solo las casas llenas de rencor pueden retener. Desde la habitación del fondo, llegaba el sonido sordo de unos pasos lentos. Isabel estaba allí, moviéndose como una sombra en su propia prisión. Silas no la miraba; no le hacía falta. Su mente estaba puesta en la pequeña tira de papel que sostenía entre los dedos.
Silas no sentía amor; sentía una posesión rabiosa.