Capítulo 12. Lobos de Cornualles.
El humo negro se elevaba en espirales hacia el cielo, pero el anciano no se movía. Permanecía de rodillas, con las manos temblorosas sobre Julian. Parecía ignorar la estructura que seguía crujiendo a su espalda y el calor que aún emanaba de los escombros.
—¿Julian? —la voz del viejo era un susurro urgente, una súplica que se perdía entre el viento—. Julian, mírame. Soy yo. ¿Me escuchas, muchacho? No te atrevas a dejarme aquí solo con los fantasmas.
El hombre le dio unas palmaditas cortas y desesperadas en la mejilla, tratando de limpiar el rastro de ceniza y sangre.
—¡Julian! ¡Abre los ojos! Dime que estás ahí dentro todavía —insistió el anciano, acercando su rostro al del escritor, buscando desesperado el vapor de su respiración—. ¿Me oyes? Responde, Julian. ¡Responde!
Eleanor, paralizada por el agotamiento y el frío, observaba la escena con el corazón en la garganta. La devoción de aquel desconocido la perturbaba tanto como el incendio mismo. Intentó dar un paso hacia ellos, pero el