Capítulo 12. Lobos de Cornualles.
El humo negro se elevaba en espirales hacia el cielo, pero el anciano no se movía. Permanecía de rodillas, con las manos temblorosas sobre Julian. Parecía ignorar la estructura que seguía crujiendo a su espalda y el calor que aún emanaba de los escombros.
—¿Julian? —la voz del viejo era un susurro urgente, una súplica que se perdía entre el viento—. Julian, mírame. Soy yo. ¿Me escuchas, muchacho? No te atrevas a dejarme aquí solo con los fantasmas.
El hombre le dio unas palmaditas cortas y dese