Capítulo 11. El Peso de las Cenizas
Eleanor, apoyada contra la pared, con los hombros caídos y el cabello ocultándole el rostro, trataba de asimilar la humillación de haber sido llamada por otro nombre y la gloria de haber sentido su propia voluntad desintegrarse.
Julian se abrochó el pantalón con dedos torpes y, sin mirarla directamente, buscó la botella de whisky. Tomó un trago largo, un trago que parecía buscar limpiar el sabor de la traición de su boca.
—Deberías marcharte, Eleanor —dijo al fin. Su voz era una lija, desprovista de la furia de hace unos momentos, reemplazada por una frialdad que cortaba más que cualquier grito.
Ella se tensó, sintiendo el aguijón de sus palabras. Se giró lentamente, sujetando sus prendas contra su cuerpo, buscando en los ojos azules de él algún rastro de remordimiento, pero solo encontró un abismo de cansancio.
—¿Eso es todo? —susurró ella, su voz temblando ligeramente a pesar de sus esfuerzos por sonar entera—. ¿Me echas después de haber descargado tu odio en mí?
Julian dejó la bote