Habían pasado solo unos días desde que le permitieron volver, pero la sensación de libertad todavía no le calzaba del todo.
Wyn estaba sentada en el sillón, con una manta sobre las piernas y una libreta abierta apoyada en las rodillas. La casa estaba en silencio. No había música, ni televisión de fondo, ni el eco de otra voz que no fuera la suya. Solo el sonido suave del lápiz moviéndose sobre el papel y, de vez en cuando, el crujido de la madera vieja al moverse con el viento.
Afuera, el c