La noche había pasado como si alguien hubiese arrancado las manecillas del reloj y las hubiese lanzado contra la pared.
Wyn no durmió. Ni un segundo.
Rompió las sábanas de tanto retorcerse. Enredó las piernas. Rodó sobre sí misma. Pasó del frío al calor. De la rabia al deseo. Y del deseo al asco. Todo sin moverse del colchón.
Su cabeza parecía una licuadora en la que alguien había metido pensamientos sucios, recuerdos sin permiso y un rostro que no podía quitarse de encima.
Davian.
Solo pen