El camino de vuelta transcurría envuelto en un silencio espeso, apenas roto por el eco suave de sus pasos sobre el asfalto, mientras el cielo, aún cubierto por un gris constante y nubes indecisas, parecía contener la lluvia solo por mero capricho.
Wyn caminaba con las manos enterradas en los bolsillos de su chaqueta, la mirada fija en el suelo y el ceño levemente fruncido.
A su lado, Davian avanzaba con una serenidad irritante, como si su irrupción en la cafetería —tan abrupta como innecesar