El sonido fue seco, feroz. Un golpe que pareció partir también la respiración del mundo.
Una.
Dos.
Tres embestidas contra la puerta, hasta que la madera crujió como una costilla rota. El marco de la puerta seguía intacto, pero la puerta se había partido al medio, permitiendo que un hombro fuerte y bien desarrollado apareciera entre las astillas. Castor apareció jadeando como un animal que ha corrido por su vida.
Sophia no pensó. No esperó.
Se lanzó hacia él como si la salvación tuviera nombre,