El banco de suplentes era una trinchera húmeda y caliente aquella tarde. A pesar de la cómoda sombra que otorgaba la moderna construcción del estadio, con lo último de la tecnología de punta, el sol caía inclemente sobre las tribunas, haciendo que los vendedores de bebidas hicieran su comisión del mes, vendiendo a cinco veces su valor el precio de los refrescos. Castor no sentía calor. Sólo una presión constante en el pecho, como si su corazón llevara puesta una pechera de plomo.
Desde su sitio