El estadio vibraba. No por la música estridente ni por el cántico coreografiado de los aficionados; no por las bocinas ni los tambores, ni siquiera por las banderas que flameaban como un oleaje de guerra. Vibraba por él. Por Gabriel Torr.
Se sentía en casa. Bajo ese cielo amplio de cemento y luces artificiales, rodeado por el clamor de miles, estaba en su elemento: el centro del escenario, el núcleo de la ovación. Las cámaras lo buscaban. Las miradas lo seguían. Era el día del partido. El parti