La pelota, sucia de barro y sangre seca, descansaba por un segundo eterno en la mano de Thomas. La otra, firme como un muro ancestral, apartaba al galés que había osado cruzarse en su camino. La imagen era casi bíblica. Una estatua revivida. Un guerrero vuelto a la vida por una fuerza invisible y brutal.
Desde la cabina técnica, Phillip entrecerró los ojos, no por cansancio, sino por instinto. Quería capturar cada gesto, cada vibración, cada sombra que se moviera dentro de ese cuerpo maltrecho