La carta seguía entre sus manos, pero ya no podía leerla. No porque no quisiera, sino porque las lágrimas —esas que durante semanas se había prometido no derramar más por él— habían comenzado a nublarle la vista sin piedad, y ahora manchaban los bordes del papel con una humedad temblorosa, salada, inevitable.
Sophia no lloraba así desde la última vez que lo vio. Desde aquel adiós que no fue adiós, esa puerta que se cerró sin palabras y que dejó un eco adentro suyo como una habitación vacía. Per