El sol de media tarde en Miami caía sobre la terraza del ático de Alexander Blackwood como una bendición de oro líquido. Desde su posición, con una copa de agua con hielo en la mano, Alexander podía ver el pulso de la ciudad que él y su esposa habían conquistado. Los rascacielos de Brickell brillaban, el tráfico fluía como sangre por las arterias de asfalto, y a lo lejos, el edificio del Instituto Ríos se erguía orgulloso, un monumento a la resiliencia y al genio de Camila.
Todo estaba en orden