El aire en el ático de Alexander Blackwood se sentía viciado, como si el oxígeno se hubiera vuelto escaso tras la partida de los agentes del FBI. Miami, afuera del cristal blindado, seguía su ritmo frenético de luces y sombras, indiferente al hecho de que uno de sus colosos estaba siendo devorado vivo por la burocracia y la traición.
Camila estaba sentada en el escritorio de caoba, con la mirada perdida en la pantalla de su tableta. Había decidido que no se rendiría, pero el cierre del Institut