El refugio en las montañas suizas olía a madera de cedro y a la inminencia de una tormenta de nieve. Alexander se encontraba de pie frente al ventanal, observando cómo los copos blancos comenzaban a cubrir el valle, borrando las huellas de su llegada. Sus manos, antes acostumbradas a firmar acuerdos multimillonarios, ahora sostenían un vaso de whisky con una firmeza que ocultaba un temblor interno. Había ganado la batalla contra Marcus, sí, pero sentía que estaba perdiendo la guerra por el alma