El silencio que siguió al corte de la llamada de Vittorio Moretti no fue un vacío, sino una presión física que pesaba sobre las paredes de la mansión en Coral Gables. Alexander Blackwood permaneció de pie, con el teléfono aún en la mano, sintiendo cómo el calor de la ira se transformaba lentamente en el frío glacial de la estrategia pura. A su lado, Camila no se había movido. La palidez de su rostro contrastaba con la firmeza de su mandíbula, pero sus ojos reflejaban una vulnerabilidad que inte