Camila despertó sin el amparo de la luz, sino bajo un sol que cortaba el ático en dos mitades: la sombra de la rendición y el brillo crudo de la realidad. El aire aún olía a deseo, a la intensa colisión de voluntades que había tenido lugar en el balcón y luego en la inmensa cama de seda negra. Estaba sola. Alexander se había levantado, pero el hueco a su lado, la almohada marcada por su peso y su aroma a sándalo y peligro, era más elocuente que su presencia.
La noche anterior no había sido solo