Esa mañana Pedro Juan llegó mas temprano de lo usual al bufete. No por compromiso, sino por necesidad. Tenía el pecho apretado desde que Maribel le cerró la puerta en la cara la noche anterior. El eco del golpe seco aún lo atormentaba. No había dormido, apenas había comido. Solo quería verla.
Y la vio. A las 8:02, ella entró como una visión imposible: impecable, profesional, el cabello recogido en una coleta baja, los lentes violetas que lo desquiciaban, y ese aire de indiferencia que lo aniqui