El club vibraba con un murmullo de placer contenido. Las luces ámbar acariciaban las mesas privadas como si guardaran secretos. La Rosa Negra era un templo nocturno donde el pecado se vestía de terciopelo y las miradas pesaban más que las palabras.
Rodrigo Harper no cruzaba esas puertas desde hacía meses. Demasiado tiempo fuera. Demasiados tratos cerrados, demasiadas ciudades grises. Pero Cambridge, para él, tenía un perfume distinto. Y esa noche, desde el primer paso, algo se sintió diferente.