Mi auto se detuvo frente a la fachada discreta de un edificio industrial abandonado en las afueras de la ciudad. Nadie que pasara por aquí sospecharía que detrás de esas paredes descascaradas y esos portones oxidados se escondía el búnker tecnológico que el antiguo equipo de mi madre había montado en tiempo récord. Bajé del vehículo, acomodándome el saco, para encontrarme con mi amiga que me esperaba en la vereda.
Al entrar el panorama cambió por completo. Cables de alta velocidad corrían por el